Mantener los cuidados y la estimulación las 24 horas del día, los siete días de la semana, de una persona que tiene mal de Alzheimer genera un desgaste enorme. A veces el enfermo y su entorno no puede tomar los recaudos necesarios 24/7. Los resultados de un nuevo estudio de la enfermedad -ampliado hacia otros diagnósticos crónicos también- brinda un enfoque que favorece tanto a quien lo padece, como a su propio entorno. Programar viajes podría ser muy sano para todos.
Un informe de la Global Coalition Aging (Coalición Global sobre el Envejecimiento) menciona que el turismo puede favorecer la salud a largo plazo cuando combina actividad física, estimulación mental e interacción social. La investigación indicó una reducción del 36,6% en el riesgo de mortalidad y de hasta 47% en la probabilidad de desarrollar Alzheimer en personas que viajaban de manera sostenida. La evidencia también la avaló Transamerica Institute, una fundación privada sin fines de lucro de origen estadounidense que se especializa en longevidad.
Más bienestar
La literatura científica al respecto no plantea que viajar “detenga” el envejecimiento, sino que puede mejorar marcadores asociados a la calidad de vida. Más movimiento diario, cambios de rutina, exposición a estímulos nuevos y oportunidades de conexión social es lo que necesitan quienes sufren la patología. Si analizamos la actividad turística desde una perspectiva neurobiológica, viajar funciona como un estímulo integral que activa en simultáneo esos pilares preventivos.
Desde orientarse en calles desconocidas, manejar otra moneda o interpretar mapas, hasta procesar información histórica y cultural, todo es un esfuerzo cognitivo real que estimula la neuroplasticidad y expande la reserva cognitiva. Durante un viaje el gasto energético y la oxigenación cerebral aumenta. Se camina muchísimo más para recorrer museos, centros históricos o senderos naturales.
Hay una activación sensorial y una optimización del sueño. La conexión social es distinta, ya sea hablando con lugareños, pidiendo indicaciones, compartiendo con compañeros de viaje o integrándose a un grupo de excursión, la mente se mantiene socialmente activa. El cortisol, que suele dañar las neuronas del hipocampo, baja porque un viaje -si está bien organizado y no surgen imprevistos- tiene carácter placentero.
Práctico
Un viaje se presenta como una dosis express y rápida para combatir la enfermedad. Por eso, la idea de programar viajes como terapia o "vacaciones de salud" tiene un valor enorme. En lugar de diluir los estímulos en una rutina diaria que a veces se vuelve monótona por la falta de tiempo de la familia, un viaje concentra en una o dos semanas una intensidad de estímulos que el cerebro del paciente no recibiría de otra forma.
Al cambiar de escenario, el entorno también se oxigena, se reduce la tensión acumulada en el hogar y se permite redescubrir al paciente en un rol de disfrute, y no solo bajo la dinámica de la enfermedad. Eso sí, hay que prestar especial atención a la estructuración del viaje para que sea terapéutico.
Por ejemplo, evitar aeropuertos caóticos, escalas eternas o cambios drásticos de huso horario (jet lag), que pueden desorientar al paciente. Si el viaje es por ruta, que sea hacia un lugar cercano, tranquilo y con naturaleza.
Si bien el cerebro con deterioro necesita novedades para estimularse, también requiere ciertos apoyos para no angustiarse. Viajar con objetos familiares (almohada, taza), mantener los horarios de comida y medicación estables durante el viaje ayuda a que el "shock" sea puramente placentero.
No planificar itinerarios sobrecargados. La meta no es conocer, sino estar en el lugar, caminar despacio, sentarse a mirar un paisaje nuevo y charlar. Hacer turismo toma un especial significado ante enfermedades crónicas de larga duración, que no tienen cura, pero que son tratables y controlables: el viaje se convierte en una herramienta de intervención clínica programada.